LOS RIESGOS DE LAS EMPRESAS

La sociedad mercantil es, en el ámbito del comercio, un ente cuyo objeto es obtener beneficios. De tal modo es así que una empresa societaria que no rinde beneficio debe ser clausurada urgentemente, ya que los males que va a producir van a ser como el contagio de la pandemia: No cobran al día los trabajadores; Los Bancos empiezan a reclamar; los proveedores no cobran y no suministran… Llega un momento en que el ente pide prestado a un Banco para pagar a otro, sin darse cuenta del efecto multiplicador de los intereses y del abuso de las comisiones. Y la empresa estalla. Las consecuencias nefastas no son solo para la empresa, sino que se extienden a proveedores, Bancos y demás acreedores y entes públicos.

No podemos olvidar, por otra parte, que, si una empresa quiere tener beneficios, ha de correr, necesariamente un riesgo.

La empresa familiar, aunque sea societaria. o la individual

La empresa individual o familiar es similar a la social general, aunque tiene otros matices:

  • Se considera algo propio, de casa. Sé la quiere, se la cuida. A veces más que a la familia.
  • Existe una o varias personas que “inventan” los negocios, es decir, que   hay   uno o varios empresarios, cualidad que raramente se adquiere, ya que se nace con esa inclinación.
  • Se lleva la empresa con el corazón más que con la cabeza, y, por ello, se corren riesgos mayores.
  • La empresa individual o familiar, sea o no societaria, tiene una gran capacidad de resistencia, asume toda la actividad humana por parte del empresario, y, por ello, tiene también gran capacidad de transformación y de adaptación a la situación del tráfico mercantil en cada momento.
  • Esta empresa es administrada por sus propietarios.
  • Se establecen y fortalecen relaciones comerciales con proveedores, que va prosperando y generando una mutua confianza.
  • La relación con los clientes es aún mayor, de mutua confianza, e, incluso, llegando a la amistad.
  • De este modo se genera lo que conocemos como FONDO DE COMERCIO, que, si no es adquirido, no tiene valor contable, pero que es la base de la confianza, confianza que es la madre del comercio honrado y duradero, “ De toda la vida”.
  • Dentro de ese ámbito se genera una relación también de solidaridad, de tal modo que son constantes los “favores” entre empresas y se llega al “hoy por mí, mañana por ti”.

Toda la familia avala sus operaciones con todo su patrimonio ante unos Bancos con los que se trabaja en situación de desigualdad, pero que llega a la confianza mutua.

  • Así como entre los empresarios y con sus clientes existe esa  buena relación, si la empresa necesita ayuda económica, para los Bancos cualquier préstamo convierte al empresario de amigo en “riesgo”.
  • La relación con los Bancos es muy especial, pero útil, sobre todo si descuentan papel para poder atender mejor a los pagos, a las obligaciones. Aunque, en todos los ámbitos mercantiles, se ha llegado a una situación generalizada que provoca que la empresa reciba toda su financiación por parte del Banco: De ahí el dicho que el papel, aún caliente de la impresora, se halle en poder del Banco.
  • En este supuesto último de total financiación es de pura lógica saber que la mayor parte de los beneficios  se los lleva el Banco, porque lo ideal, lo idílico, sería que una buena parte de la empresa “funcionara” con recursos propios, acudiendo al crédito en supuestos excepcionales, por ejemplo cuando surge un buen negocio que excede de los fondos propios. En tal caso se prevé el coste financiero de la operación, y, si es beneficiosa, se recurre al crédito.

Lamentablemente no es así, de tal modo que son los Bancos quienes, en realidad, además de llevarse pingües beneficios, fuerzan a las empresas a adoptar medidas de administración no deseables.

Este es el contexto general. Dentro de él la empresa se desenvuelve, generalmente, mediante la obtención de operaciones y gestiones que la permiten subsistir y hasta obtener algún beneficio, y, en alguna ocasión, obtener unas ganancias, si administrador es prudente.

En este  contexto llega el fantasma de la CRISIS:

 

Efectos de la crisis:

  • La crisis de la empresa puede sobrevenir por causas internas. O bien por una situación generalizada.
  • La situación de crisis empresarial comienza, siempre, porque el empresario contaba con unos ingresos que no han llegado, bien de impagados. La TESORERIA comienza la senda de los problemas.
  • Inicialmente sé suelen resolver mediante la obtención de aplazamientos de los proveedores.
  • Cuando la situación es conocida por el Banco, la empresa pierde crédito y se obstaculiza la obtención de metálico por parte del Banco.
  • Si no se remedia la falta de metálico, se van impagando obligaciones que van venciendo.
  • La situación se hace catastrófica cuando se pide un préstamo para pagar otro, aunque solo sea para pagar intereses.
  • Desde ese momento la empresa se  viene abajo definitivamente.
  • O bien el Banco se cierra para quien fue su cliente.
  • Desde ese momento el empresario se ve presionado día y noche. Primero por los empleados del Banco cuyas llamadas de teléfono apremiantes llegan a convertirse en amenazadoras.
  • Los proveedores pierden aquella confianza y van minorando los suministros, e, incluso, llegan a cortarlos.

– Y de allí se llega SIEMPRE a lo que podemos denominar como “enfermedad concursal” del empresario: No duerme durante muchas noches; no come, no vive.

– Llegados a este punto el empresario deja de pensar cómo tal, y se dedica a “tapar agujeros”. Con un efecto multiplicador, ya que se agujerea todo el sistema empresarial. El empresario ya no existe y la empresa debió adoptar soluciones mucho antes. Llegan los embargos y ejecuciones.

– Todos los empresarios que han llegado a esta situación SIMPRE se dan cuenta de que han resistido demasiado para que el pozo cada vez sea más profundo.

En definitiva llegamos a la enfermedad concursal del empresario

 

Soluciones a la crisis:

No es posible, en una situación concursal, en la que todos los acreedores, y, singularmente, los Bancos, pretenden ejecutar antes que otro para poder cobrar lo que se les debe, intentar una solución extrajudicial.

Tampoco es viable ningún tipo de convenio con acreedores antes de que se hayan iniciado ejecuciones, ya que, si se intenta, n todos los casos, se da lugar a que, intentando ser el primero, un acreedor ejecute y embargue, provocando un efecto cascada.

Por otro lado no es posible, fuera de los trámites judiciales, conseguir que el empresario recupere una elemental tranquilidad como para poder ofrecer un plan de viabilidad de la empresa: En esa situación el empresario solo atiende al momento actual y no tiene capacidad- por causa de las presiones y reclamaciones de todo tipo que recibe a todas horas- para prever un mañana.

Hasta hace unos años existía un remedio, que era la obtención de convenio mediante la paralización de TODAS las ejecuciones. Se llamara Suspensión de Pagos, o se llamara Quiebra, el deudor podía proponer a sus acreedores un convenio con un plan de viabilidad, obtenido gracias a esa paralización de ejecuciones, que han permitido la “curación” del empresario, al verse libre de agobios.

De este modo resulta muy valioso el tiempo: El tiempo de tranquilidad de que pueda disponer el empresario deudor para hallar una solución a su problema financiero.

Sobre todo la suspensión de pagos permitía al empresario deudor seguir administrando su empresa, aunque intervenida, y calmarse hasta el punto de poder programar una solución por la vía del convenio. Resultaba ello más difícil en la quiebra, pero igualmente era posible.

De este modo, haciendo uso del “hoy por mí”, de la solidaridad empresarial. Y teniendo como contrapeso la mejor posibilidad de cobro por parte de los acreedores, y de continuidad de la empresa, deseable para todos, se lograba un convenio, de quita, de espera, o de ambas cosas, aceptable por la mayoría de acreedores. Si se votaba a favor el convenio, el empresario y la empresa podían seguir su labor.

Esta idea original fracasó en la mayoría de los casos, bien por hacer uso los Juzgados de Interventores o de Comisarios “profesionales”, siempre muy bien retribuidos, que impedían la obtención de acuerdos, bien porque en muchas ocasiones el empresario, agotado ya, optaba por tener la intención de no cumplir el convenio.

No obstante muchas empresas se salvaron por este medio, o, incluso, el empresario, fundaba otra empresa con el fondo de comercio que poseía, en cuyo caso también cumplía el convenio.

Un grave inconveniente para que pudieran prosperar los convenios en la suspensión o en la quiebra eran los avales personales, de tal modo que, de aprobarse algún convenio, siempre era preciso el acuerdo con las entidades bancarias, de modo que resultaban beneficiadas.

Esta serie de abusos dio lugar al mal nombre de ambos remedios legales, que llegaron a considerarse una estafa, cuando, realmente, en la mayoría de los casos, no lo era.

Y así se llegó a la actual Ley Concursal.

Lo primero que se hace en un concurso es nombrar la Administración judicial concursal, poniendo la empresa en manos de unos profesionales cualificados.

Cabe solicitar convenio, pero no resulta factible.

En muchos casos se está dando la “profesionalización” de los Administradores concursales: Aunque hay listas, los Juzgados, en su mayoría, siempre designan a los mimos, llegando a darse el caso de que haya administradores concursales que ejercen en todo el territorio nacional y en multitud de concursos, ya que han llegado a asociarse y repartirse los asuntos, con lo cual hemos caído en una de las causas de la caída o mal nombre de las suspensiones de pagos.

Pero es que, en el fondo, la Ley Concursal aboca al empresario a la liquidación y al cierre.

En efecto, es el empresario el que corre los riesgos de una empresa para sacarla adelante, el que “ se juega el tipo”.

No podemos pretender que un administrador profesional corra el mínimo riesgo. Y sin riesgo no hay posibilidad de beneficios ni de empresa. El Administrador se ajusta estrictamente a la prudencia más absoluta. Y además es el primero en cobrar sus justos honorarios. La labor del Abogado ha sido eliminada por la jurisprudencia: Se limita a presentar una solicitud en forma. Y basta. Del resto se ocupa, como Administrador, como empresario y hasta con su propio abogado el Administrador Concursal.

En definitiva, el Concurso termina con la empresa, que se liquida.

De este modo fracasa de nuevo, como ya anunciaron los tratadistas más ilustres a la entrada en vigor de la Ley Concursal, el remedio para la continuidad de la empresa.

Esto ha provocado que, últimamente, y todavía de un modo vacilante, se haya dictado la llamada Ley de la Segunda oportunidad.

Solución de la crisis que se propone

Este es el camino a seguir por el empresario que desee honradamente la continuidad de la empresa y el pago de todas sus obligaciones.

  • Mediante el buen uso de esta Ley logramos, al menos, dos objetivos:
  • Uno, la paralización de ejecuciones.
  • Dos, la propuesta de un convenio.

Se trata, pues, de aprovechar el intervalo de paralización de ejecuciones para trazar un plan de viabilidad.

Con ese plan, un buen Abogado, conocedor de la empresa, dialogue con todos y cada uno de los acreedores, de tal modo que obtenga convenio, con el auxilio judicial, pero fuera de la sede judicial, a la que ha de llegar provisto de suficientes votos a favor de la propuesta inicial, que se haya ido modificando tras oír a todos los acreedores, hasta lograr la aprobación judicial de un convenio.

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ABOGADO

LUÍS ANTONIO MARÍN CUADRADO

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